Un día típico en Venezuela

Te levantas temprano en la mañana, sudoroso y empegostado, porque durante la noche se fue la luz y tu ventilador o aire acondicionado dejó de funcionar. Vas a ducharte y recuerdas que ese día no hay agua en tu urbanización, porque la ponen, con suerte, cada 15 días. Te toca bañarte con un perolito y medio tobo de agua. Te bañas sin champú, porque no lo consigues, y con un jabón de tocador de dudosa calidad, que casi no huele a nada y no hace espuma, pero es una opción barata que una vecina emprendedora te vendió; una opción ante la escasez. ¿Afeitarte? Si eres hombre te toca ponerte a la moda hipster y dejarte una abundante barba de leñador, o comprar las costosas hojillas al bachaquero de la esquina. Si eres mujer y tienes el período la única opción real existente es comprar toallas sanitarias al mismo bachaquero callejero, o pedírselas a ese pariente que no aguantó tanto como tú y hace un par de años se fue del país. Porque usar las toallas sanitarias “reusables y socialistas” definitivamente NO ES UNA OPCIÓN. Ves el tubo de crema dental casi vacío y piensas: ¿Dónde carajo voy a conseguir cuándo se me acabe? Te cepillas los dientes con lo mínimo, mínimo necesario para no oler a socialista.

Luego de darte un baño de vaquero, vas a la cocina por café, té o alguna bebida caliente. Café hace tiempo que no toman en tu casa. Y si hubiera, no habría azúcar, por la misma razón. Si tomas té, el poco que se consigue es un artículo de lujo en los supermercados que también te tocará tomar sin azúcar. Y si tomas chocolate (Toddy), avena u otra bebida similar te tocará olvidarte de eso. La leche con la que se preparan dejó de estar disponible para los bolsillos normales. Comprar leche en polvo es una excentricidad de la 4ta república. ¿Desayunar una arepa? ¿Con qué harina de maíz? Y si hubiera… ¿con qué la rellenas? Jamón, queso, mortadela, en fin, la charcutería en general te cuesta la mitad y un poco más de tu sueldo mínimo mensual, y no se consigue ni mantequilla ¿Y si te comes un sándwich…? ¡Pan! ¿Qué es eso? Para obtenerlo debes hacer diariamente una cola de 4 o 5 horas. Al principio, cuando pensabas que esta escasez era temporal, hacías la cola, optimista. Luego de años en esto, ya optaste por no comer pan. ¿Y si te quieres comer un pastelito? La harina de trigo con la que se prepara es como comprar oro en polvo o cocaína: carísima y súper misterioso conseguirla. Optas por el menú de siempre de un tiempo para acá: plátano sancochado… o yuca sancohada… sin mantequilla, recuerda…

Te vas al trabajo con más hambre que ganas de trabajar. Si vives en una zona de clase media, te toca bajar por escalera los 18 pisos, ya que con tantos apagones los ascensores los prenden dos días por semana, para que no se dañen, ya que los repuestos son importados y no se consiguen. Si vives en una zona popular, te toca caminar 7500 escalones y tomar un jeep o un mototaxi para llegar abajo, a la ciudad. En ambos casos, si tienes un celular medianamente llamativo, te toca metértelo debajo de las tetas o en las bolas. Si es un perolito de esos “socialistas” lo puedes cargar en la mano. Los choros no roban basura (crees tú).

Mal bañado y con hambre tienes ante ti dos dilemas: irte guindando en la puerta de una camionetica por puesto, o irte apretujado y sudando como en un sauna, en “la gran solución para Caracas”: el Metro. Por rapidez y economía escoges la 2da opción. Ya es normal ver que en el Metro de Caracas no funcionen las escaleras mecánicas, ni las máquinas dispensadoras de tickets, ni los aires acondicionados, ni los torniquetes y, de paso, muchas veces ni te cobran el pasaje y la entrada es libre. Pero después de 45 minutos de espera en el atiborrado andén deja de sonar la canción de Alí Primera para que el operador en su tono mal hablado diga: “Señores usuarios, por fallas técnicas el sistema presenta un fuerte retraso en este momento, se les agradece tomar rutas alternas para llegar a su destino”. Ni modo, te la calas. No crees que te digan nada en el trabajo, porque total, no te pueden botar. Hay inamovilidad. Y además, tu jefe siempre llega después de las 11 am a la oficina. ¡Oligarca de mierda! Luego de 20 minutos más de espera, llega el tren a la estación y logras montarte. Ya en el vagón, durante el trayecto a tu destino, desfilan no menos de tres vendedores y dos pedigüeños. Te venden café, chocolate y té. Los mismos que no te pudiste tomar en tu casa. Te venden galletas, crucigramas, bolígrafos, chicles y hasta pan (el mismo que tampoco consigues en la panadería). Llegas a tu destino, oliendo a culo y sudado, con olor a ropa mal secada. Parece que en el tren, nadie, como tú, se bañó bien.

Llegas a tu trabajo, tarde. Pero no te importa. Total, a nadie regañan, a nadie sancionan.

Si trabajas para el sector público, te pones tu chaleco y tu gorra roja, y vas a tu escritorio, en algún ministerio o alcaldía oficialista, a sentarte, a recibir papeles, a dar indicaciones y a repartir números. Pero al llegar, debes tomar café. En tu oficina sí hay. Llegas a tu puesto de trabajo dos horas después de la reglamentaria, y hay una cola interminable de gente con mala cara por tu llegada tarde. A todos los vas a tratar mal. ¡Malditos! Nadie te obliga a ser amable con ellos. ¿Para qué? ¡Deberían hacer todos sus trámites por Internet! ¡Malditos viejos! ¡Qué fastidio! Llega la hora de almuerzo y puntual abandonas tu puesto. Los de la cola que se esperen. Te toca almorzar un poquito de arroz, más plátano sancochado y un par de alas de pollo guisadas. Es que todavía no ha llegado a tu casa la bolsa del CLAP y todavía no te han dado los cesta tickets. Te deben 6 meses. Cuando lleguen vas a hacer un rumbón en tu casa. Luego de tu hora de almuerzo vuelves al trabajo, pero por una hora nada más, porque en el ministerio hay racionamiento de luz, redujeron la jornada y hay que irse. Pero no para la casa. Hay una reunión del PSUV en la plaza que está frente al edificio. ¡OBLIGATORIA! Al que no vaya le descuentan el día…

Si trabajas en el sector privado, te toca dar las mil y un excusas del porqué de tu llegada tarde, pero igual todos sufrieron del mismo retraso del Metro que tú, así que nadie se preocupa mucho, y tu jefe no ha llegado. Unos compañeros de la oficina te invitan a desayunar a la panadería cercana, y hay que mantener las apariencias. Vas y pagas tu desayuno con tu aporreada tarjeta de crédito. Un cachito, un café y un chicle: 6500 bolos. Te duelen en el alma, pero la tarjeta soporta el dolor por ti. Luego, a trabajar. En la oficina TODOS se quejan del país, de los políticos, de la Asamblea, del presidente, y todos están planeando ir a la marcha del sábado. Ahora sí, una marcha para que la ONU y la OEA vean que en Venezuela sí hay hambre y crisis humanitaria. A la marcha irán todos con su iPhone nuevo, su camisa vinotinto y su gorra tricolor. Y llevarán una botellita de ron en un morral, para protestar como es. Llega la hora de almuerzo y revisas tu potecito de comida: arroz, plátano sancochado y alas de pollo… te toca comer rapidito en tu puesto de trabajo antes de que tus compañeros, que se fueron a comer pizza, vuelvan. Entre queja y queja por Twitter y demás redes sociales acerca de la situación del país, se te pasa el día. Hubo un par de apagones en la tarde y hasta se cayó el Internet, por lo que casi no hiciste nada en la oficina. Ya es hora de volver a casa.

Al salir de tu oficina, o de la concentración roja rojita, decides dar una vuelta por un supermercado cercano, a ver qué consigues. La quincena está lejos y lo de la bolsa del CLAP sólo alcanza para una semana. Entras a un abasto chino y ves que tienen de todo: harina, azúcar, café, mantequilla, aceite, ¡leche! Pero a precios de Dólar Today: incomprables. ¿De dónde sacarán estos chinos todos esos productos?, te preguntas. ¿El SUNDDE no fiscaliza esos negocios? ¿Por qué? Te vas con las manos vacías, y el estómago más vacío aún…

Se repite el dilema de la mañana: ¿Metro o camionetica? Optas por la camionetica. Pagas el precio del pasaje que le provoque al chofer, porque aunque hay un precio estipulado los autobuseros cobran lo que les dé la gana. Milagrosamente consigues puesto, pero rápidamente ésta se llena. A los 15 minutos de ir rodando se levantan dos pasajeros con gorra y lentes oscuros y dos pistolas inmensas, como tu miedo. Malandrean, amenazan y golpean a un par de personas. Pasan puesto por puesto llevándose carteras, celulares y hasta bolsas con comida. Todos asustados, nadie hace nada. ¿A quién acudir? ¿Dónde denunciar?

Te bajas en una farmacia cercana, pues tu abuela necesita unas pastillas para la tensión, un antialérgico y unos antibióticos. ¡Nada que ver! Nada de eso se consigue ya en el país. El farmacéutico, sonriente, te dice que busques en Internet, que en Facebook los grupos de “bachaqueros digitales” tienen de todo lo que buscas… ya sabes a qué precio.

En el camino a casa, en una calle cualquiera, observas a una familia completa (Señor, señora, niños y hasta un perro) buscando en la basura y comiendo allí mismo. Sobras de frutas, verduras resecas y viejas desechadas por algún comercio o restaurante, vasos vacíos con restos de alguna bebida o algún hueso de pollo o de res que todavía tenga carne para morder. Y te preguntas: ¿Cuándo me tocará eso a mí?

Llegas a tu casa, cansado, asustado y sin celular. Ya es el 4° celular en un año.

Si eres el de la clase media, subes las escaleras de los 18 pisos y llegas a tu casa con la lengua de corbata, mentando madre.

Si eres el del cerro, te toca agarrar el jeep, el mototaxi y subir los 7500 escalones hasta el rancho. Ya tus pantorrillas están entrenadas. En el camino escuchas uno que otro tiroteo, pero eso es normal en el barrio. Las bandas de malandros de tu zona (ahora llamadas colectivos) controlan y administran el poder como en el lejano oeste: a punta de pistola.

En ambos casos, el hambre, la frustración y el cansancio apremian. Mientras terminas de llegar a tu casa y cambiarte de ropa, prendes la TV y te consigues con una flamante cadena presidencial en la que se anuncian los logros, los avances, los planes y las láminas con todos los porcentajes del éxito del socialismo. Apagas esa vaina, porque, total, nada de lo que dicen esos números y esos logros es cierto. Prefieres irte a la cocina.

¿La cena? Le toca el turno a la yuca sancochada, con queso rallado por encima. La Dieta de maduro en su más pura expresión. ¿Cuántos kilos menos llevas ya? ¿10? ¿15? ¿20? Ya perdiste la cuenta de los kilos, sólo te guías por los huequitos nuevos que tuviste que hacer en tu correa.

Te acuestas a ver para el techo y a pensar: ¿Comprarme un carrito? Me gustaría poder tener mi propio carro y poder pasear un fin de semana a la playa o visitar a los parientes del interior en las vacaciones. Pero sacas la cuenta y te das cuenta que para poder comprar un carro con tu salario actual te tocaría acumular 158 años de sueldo para poder dar la inicial. Y eso si consigues un contacto que te meta en una de las kilométricas listas de espera.

¿Comprar una casa? ¿Casarte y tener tu propia familia? ¿Cómo? ¿Te tocará otra vez votar por “el proceso” para que no te saquen del censo de la Gran Misión Vivienda Venezuela? ¿O será que te vas a vivir a la casa de tus suegros? A menos que vendas un riñón, un ojo y un pulmón no podrás nunca comprarte una casa por tus propios medios.

¿Vender droga? ¿Prostituirte? ¿O convertirte en un miembro activo del Consejo Comunal, del PSUV y enchufarte en la política? La tercera opción incluye indirectamente a las dos primeras.

¿Qué hacer para poder sobrevivir medianamente bien en Venezuela?

Sí, probablemente puedas conseguir un buen trabajo enchufándote y vistiéndote de rojo, jalando bola y contactándote con los bachaqueros para poder conseguir de todo. O tal vez te conviertas en un bachaquero. Pero, ¿y tu seguridad y la de tus seres queridos? ¿Y tus principios? ¿Y tus valores?

Vivir en Venezuela se ha convertido en una gran ruleta rusa en la que no sabes cuándo te va a tocar a ti la próxima bala.

Luego de pensarlo mucho te das cuenta de que el futuro pinta negro, muy negro. Tan negro como la verruga de Chávez. Definitivamente la opción más sensata parece ser empezar a apostillar tus documentos personales, tu título y tus notas para irte al exterior… y si te ponen mucha traba, te vas así mismo. Tal vez limpiando mierda en el exterior vivas mejor que en tu propio país. Tal vez, en un lugar extraño, con otro clima y otro idioma, consigas las oportunidades que aquí hace años que no existen. Tal vez…

¿Qué país te conviene? Evalúas Colombia y Panamá por la cercanía. Ecuador también. Brasil y Trinidad los descartas, por el idioma. Todos se están yendo hacia Argentina y Chile… pero hace mucho frío. ¿Y si te vas a Miami? Allá todos hablan español… y empiezas a investigar…

Y empiezas a soñar con un futuro mejor, con una calidad de vida que hace tiempo que dejaste de percibir. El Socialismo del Siglo XXI te robó tus sueños a ti a otros 30 millones de venezolanos…

Mientras sueñas con poder vivir en un lugar seguro, estable económicamente, donde consigas comida y en donde puedas comprarte un carro, una casa y hasta tener tu propio negocito, se va la luz… en plena oscuridad, gritas a todo pulmón: ¡CHÁVEZ, COÑO DE TU MADRE! Y te quedas dormido, esperando el amanecer de un nuevo día, como el anterior…

Así es vivir Venezuela. Más o menos estas situaciones se repiten cada día en todas las ciudades del país. Esta es la historia diaria del 85% de los que vivimos en Venezuela. Del otro 15% pronto escribiré otro post…

¿Por qué nos acostumbramos a esto? ¿En qué momento nos dejamos robar el futuro?

@gordonesroo
@gordonesroo
Bloguero, Social Media Manager, Diseñador Web, Consultor en Marketing Digital y Emprendedor. Fanático de la tecnología, adicto a la información, maniático con la ortografía y WordPress Lover.Mis escritos siempre llevan mi opinión personal, mezclado con humor negro, sátira, sarcasmo... ¡y siempre libre de eufemismos!