El venezolano de todo saca un chiste. Se ríe de él mismo, de sus desgracias y de sus tragedias. Tal vez por eso ha aguantado tanto esta maldición chavista. Tal vez sea por eso que sobrelleva esta situación de la mejor manera posible.

Pero entre tanto “buen humor” o “buena actitud” (yo prefiero llamarlo pendejismo), parece olvidar que el venezolano desde hace 17 años para acá ya no es el mismo. ¡Nada que ver!

Sí. El venezolano sufre de amnesia a corto plazo. Lo que en el 2012 lo atormentó, en el 2013 se le olvidó. Lo que en el 2015 celebró, ya no lo recuerda en el 2016. El que le mintió en el 2002, se le olvidó en el 2006, y así, va por la vida riendo y llorando al día. Pero también, sobreviviendo al día. Sin ahorros, sin bienes. Pero ese es tema para otro post.

Lo que quiero resaltar aquí es que poco a poco hemos ido perdiendo nuestra esencia. Y no me vengas con falsos nacionalismos, ni golpes de pecho con el turpial y la orquídea en la frente, que tú muy seguramente ni el himno nacional completo te sabes.

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Y para demostrar mi teoría he realizado aquí tan sólo una pequeña lista de cosas que el venezolano ya no hace, ya no tiene, ya no es. O sea, ¡NOS CAMBIARON NUESTRA ESENCIA! Párame bolas y lee mi lista, a continuación:

  • Ya no rumbeamos. El venezolano siempre fue bonchón, fiestero, rumbero. Era de ir en la noche de discoteca en discoteca, de tasca en tasca, dependiendo de la ciudad en la que se encontrara. Hoy día eso es imposible de hacer. El venezolano de ahora tiene que conformarse con beber y bailar en casa, con un pequeño círculo de amigos, porque puede perder la vida en un tiroteo en una discoteca o puede ser víctima de un secuestro express. ¿Y beber? Poquito y cuando la ocasión verdaderamente lo amerita. La caña está muy cara.
  • Regalos en Navidad y cualquier otra ocasión. No sé cómo fue tu infancia, pero recuerdo que en la mía, cuando se acercaba Navidad o alguna otra fecha especial y de reunión familiar, todo el mundo le regalaba a todo el mundo. Había regalos pa’ tirar pa’l techo. Eso se acabó. Ahora las pocas reuniones familiares son para cambiar un desodorante por un paquete de café, una harina por un jabón, y así. ¿Regalar? Eso sólo lo hacen los ricos. Y el venezolano vive en un país rico, pero bien pobre que es.
  • Estrenar ropa buena, de marca, cara e importada. ¡Olvídate de eso! Antes podías viajar para Miami 3 o 4 veces al año, o a Colombia, o a Aruba, aunque fueras de clase media. Y traías ropa para ti, para tu familia y uno que otro encargo que te hacían tus amigos o vecinos. Incluso hasta alguna vez, cuando la cosa apremió, el venezolano no viajaba, pero compraba por Internet y todavía se mantenía vestido de marca y a la moda. ¡Ya no! ¿Ropa de marca, original? Tienes que vender un riñón o un pulmón para poderte comprar unos zapatos o un jean original y de marca. ¿Relojes caros? ¡Qué va! Ahora tenemos que conformarnos con jeans de esos que hacen en Panamá, reetiquetan en Colombia y venden aquí a 3X1. La marca deportiva más cara a la que puedes medio aspirar es RS21, “you can fly”… (Y de paso, con cada prenda que compras, colaboras un poquito con el enriquecimiento de Diosdado) ¡Qué cagada!
  • El Niño Jesús. O Santa Claus, como quieras llamarlo, ya no viene para acá. Así como muchas líneas aéreas han cambiado su itinerario y ya no tocan estas tierras, al Niño Jesús le cuesta una bola cumplir con sus obligaciones. Los padres venezolanos en Navidad tienen que debatirse entre comprar un regalo o vestir al muchaho. O lo visto o hago hallacas. O hago hallacas o bebo. O bebo o estreno. Y así, un círculo vicioso de no tengo, no como, no hago, no regalo, me endeudo, me rebusco, bachaqueo, etc. Es difícil. ¡Muy difícil! El niño venezolano del pasado en diciembre tenía regalos caros e importados. Yo los tuve. Los niños de ahora se debaten entre un juguete chino de mala calidad o una canaimita (hecha en China, también).
  • Dar propinas. Antes uno iba a cualquier restaurante o lugar para comer, y dejaba senda propina. Claro, podías hacerlo, tenías cómo. Ahora no tienes cómo y el servicio es una mierda. Y si tuvieras, no merece la pena dejar propina. Así que es un cambio rotundo de hábito.
  • Servicio, sonrisa y buena atención. Yo soy de la época del “Bienvenido, adelante, pase usted”, “¿Desea algo más?”, “¿En qué lo puedo ayudar?”, “¿Ya está atendido?”, “¡Ya se lo traigo!”,”¡No se preocupe, estamos para servirle!” y un inmenso etc. Ya eso no existe. Ahora es: “¿Qué quieres?” (en el mejor de los casos, si es que te hablan o te ven a la cara para atenderte), “no hay”, “pregunta allá”, “yo no sé”, “el dueño no está”, “eso no se puede cambiar, es así y punto”; “si no te gusta anda otro sitio”, y así. ¿Qué nos pasó? ¿Por qué perdimos esa calidez? ¿Será que estamos tan preocupados en sobrevivir que perdimos toda sensibilidad hacia el semejante, aun cuando nos están pagando por un bien o servicio?
  • Calidad. Para nadie es un secreto que aquí la calidad HACE años que está ausente. Perdimos todo sentido de calidad, y por lo tanto de buen gusto y refinación. No me refiero solamente a las cosas “bonitas”, me refiero principalmente a la calidad de productos terminados, duraderos, de buen sabor, de buena consistencia. Por ejemplo, la mantequilla de ahora no sabe igual a la de antes. Y es hecha aquí, en el país. El cereal, no tiene la misma calidad ni sabe igual. El atún, pescado en nuestras costas, además de incomprable, es malo. El pan, en cualquier panadería, ya no sabe a pan. Sabe a levadura, a azúcar, o a chiripa recalentada. Sí, es cierto que muchos todos los ingredientes para preparar cosas ya no se hacen aquí, sino que se importan, porque ya no hay empresas. Pero importamos lo peor, lo cual redunda en que todo sea una mierda: lo que comemos, lo que bebemos, lo que vestimos, lo que usamos.
  • Inmigración. Antes nuestro país recibía gente de todas partes. Veíamos prosperar a portugueses, españoles, italianos, etc. Uno estudiaba con hijos de inmigrantes y se notaba la calidad de la gente que vino a este país. Ahora es al revés. ¡Nos vamos! No queremos estar aquí. ¿Para qué? Ahora sólo vienen cubanos, que están peor que nosotros (no por mucho tiempo, pronto nosotros les ganaremos) y chinos, que se adueñan de cada esquina y cada local vacío con mercancía desechable e instrucciones en idiomas que ni sabíamos que existían.
  • Televisión. Bien sea por la Ley Resorte, por el cierre de medios o por la fuga de cerebros y de personal capacitado del país, lo alarmante del caso es que la televisión nacional es MALA, así, en mayúsculas. Los programas de humor poco a poco fueron desapareciendo, dando paso sólo a la muestra descarada de culos y tetas. Las novelas, que antaño fueron las mejores de Latinoamérica, ahora son culebrones de putería y malandrería, o de cosas sin sentido que lo que hacen es alimentar las 4 cucarachas que ya de por sí traen los chamos en la cabeza. No hay TV cultural, no hay programas de opinión o de entrevistas de altura. Lo que medio se puede ver es Globovisión, pero también ellos tienen una parrilla de programación que es una cagada; son muy pocos los profesionales de calidad que allí quedan. Es que hasta Sábado Sensacional, programa emblemático de la televisión venezolana, pasó a ser un asco más. Amador Bendayán se retuerce en su tumba cada sábado. Y Renny Ottolina se muere de nuevo cada vez que sale al aire Vladimir Villegas a anunciar alguna marca de algo.
  • Meritocracia. Antes el venezolano se ganaba sus cosas CON SUDOR, CON ESFUERZO. Ahora no. Ahora es más fácil tener un pana enchufado en el gobierno que te consiga un cargo, en el que te paguen un sueldo y utilidades, sin saber ni siquiera enviar un correo electrónico. El venezolano de antes madrugaba y le echaba bolas para partirse el culo, porque sabía que ahorrando iba a poder estudiar, comprarse un carro, una casa y tener una familia. El venezolano de ahora madruga para caerse a coñazos por una harina de maíz o un pollo congelado. El venezolano de ahora aprendió que vistiéndose de rojo y gritando una estúpida y vacía consigna de izquierda puede obtener más que estudiando y preparándose, que compitiendo por ser mejor, que innovando, que siendo creativo. Nos cambiaron el chip.

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¿Te acuerdas del sello de calidad Norven? ¿Qué pasó con eso? ¡TAMBIÉN DESAPARECIÓ!

El venezolano de ahora es mamarracho. Se forma mamarracho en escuelas mamarrachas, con profesores y maestros mamarrachos y padres mamarrachos. Círculo vicioso. Ciclo infinito que se repite y repite cada vez en mayor escala a medida que pasan los años.

En Venezuela no evolucionamos. Involucionamos.

Ha sido tan bárbaro nuestro cambio como ciudadanos, como sociedad civil, que en el 58 tumbamos a un dictador. En el 89 nos alzamos en contra de unas medidas económicas, pero en pleno 2016 nos calamos a un mesías millonario y demagogo, y a unos ladrones gordos y descarados porque tenemos miedo. Esperamos que sea otro el que arriesgue el pellejo, el que prenda el peo, el que queme un caucho o rompa un vidrio en un centro comercial. O peor aún, es más fácil irse del país que echarle bolas aquí.

El venezolano de ahora no es ni la sombra de lo que era en décadas pasadas. ¿Te imaginas cómo será esto dentro de 40, 60 u 80 años?

Menos mal que no estaremos aquí para verlo…

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@gordonesroo
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Bloguero, Social Media Manager, Diseñador Web, Consultor en Marketing Digital y Emprendedor. Fanático de la tecnología, adicto a la información, maniático con la ortografía y WordPress Lover.Mis escritos siempre llevan mi opinión personal, mezclado con humor negro, sátira, sarcasmo... ¡y siempre libre de eufemismos!